1/09/2017

Pánico Práctico



-El mundo está dulcísimo a estas horas, ¿sabes? - 
Moira estaba sentada con las piernas cruzadas, abrazándolas para que no se le escaparan y echase a correr. Y la gente pasaba delante de ellos en manada y el ruido de la carretera de fondo marcaba unos latidos cronometrados en su justa medida para que ni un solo borbotón de corazón pudiese perder el compás y lanzarse a la locura en ningún momento.
Ella miraba el horizonte, la línea naranja que separaba las ganas de la necesidad cada vez ardía más y en ese momento sólo quería dejar su sombra en el quicio de la puerta para que la nostalgia se quedara en los zapatos que ya no usaba y tenía abandonados en el fondo del armario del cuarto de los miedos. Ric seguía sin hablar, tenía las manos en los bolsillos y mientras que su alta complexión de chico con las ideas claras hacia aguas por todas partes,  por la comisura de la boca se escapaban todos los números premiados de la lotería que le podría haber tocado de no haber tirado el décimo a la papelera.
-Recuerdo una ciudad y esas ganas locas de cogerte de la mano y que me abrazases sin pensar. - continuó ella. Moira se había quedado atascada en el recuerdo que le hubiese gustado conservar, sin saber ni querer imaginarse ni un ápice de todo lo que había detrás. Porque a ella le habían contado un cuento de princesas y valores y toda esa armadura que sorprendentemente había olvidado en su última fortaleza ahora le gritaba que con él nunca más se volvería a levantar.
-Me cuesta hablar de estas cosas Moi, ya lo sabes.
Entonces ella soltó las piernas, pisó fuerte en el suelo, como necesitando sentirlo debajo, y le devolvió todas sus conversaciones hasta las tantas de la madrugada y sus ganas de sonreirle y enseñarle a bailar.
-Cuando atardece y todo se acaba el cielo es más naranja que nunca, y todo es por eso más dulce. Por eso he querido verte a esa hora, porque yo contigo no lo seré más. 




Quizá Romeo y Julieta estuvieron destinados a unirse, aunque solo durante un tiempo, luego pasó su momento, si lo hubieran sabido tal vez todo hubiera ido bien, le dije a la Señorita Snaider que cuando fuera mayor tomaría las riendas de mi destino que no dejaría a ningún hombre arrastrarme al abismo, me respondió que si alguna vez sentía la pasión podía considerarme afortunada y que si él sentía de la misma manera por mí, no nos separaríamos nunca. Yo sigo creyendo que el amor es una cuestión de decisiones. Hay que dejar a un lado el veneno y la daga y buscar tu propio final feliz, casi siempre. Pero a veces a pesar de decidir lo mejor que puedes y de tus buenas intenciones, el destino termina por ganar.
(Anatomía de Grey)

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